Con la reflexión de Seyla Benhabib se plantean los tres tipos de amor que nos han legado los clásicos. Se plantea que se tiene que complementar una ética de justicia con una orientación ética hacia el cuidado Desde la filosofía podemos señalar tres rutas en relación al concepto de amor. La primera se relaciona con la tradición platónica, donde el éros se define como “lo que no tenemos, lo que no somos, lo que nos falta, he aquí los objetos del deseo y del amor”. No siempre amamos lo que nos falta, sino también lo que tenemos, lo que hacemos, lo que hay y, por lo tanto, Aristóteles lo relaciona con la philia en donde el “amor es alegrarse”. Es en este tipo de amor dónde podemos entender a Benhabib, en la consideración del “otro particular”. Se suele traducir la philia por amistad y si ampliamos la visión de Santo Tomás que entiende el amor de concuspiscencia (amar al otro por su propio bien) y aceptamos el amor de benevolencia (amar a otro por el bien del otro) nos acercamos a la ética del cuidado que no plantea la autora.

La distinción entre una ética de la justicia y los derechos, y una ética del cuidado y la responsabilidad nos permite pensar en una postura racionalista que obvia al “otro particular” o en una postura más empírica y carente de sistema. Una visión del “otro particular” no nos permite un decálogo de reglas formales para nuestras acciones, al contrario la reivindicación del otro particular pone en el centro del debate que el objetivo de cualquier acción ética son las personas en su propio contexto personal-emocional-histórico-social. Así amar es alegrarse y querer el bien de quien se ama. Es el amor, según en Spinoza (Ética), cuando afirma “un gozo que acompaña a la idea de una causa exterior”, es decir al comprender que el amor es alegrarse de.

La autora piensa que son las investigaciones sobre el juicio moral de las mujeres las que han permitido entender que en ellas hay una mayor propensión a adoptar el punto de vista del otro “particular”. Nos señala una ética del cuidado, prioritaria en las mujeres, y una ética de la justicia, vinculada a los hombres. Hay una tercera visión del amor que no advirtieron los griegos y se relaciona con el surgimiento del cristianismo: el ágape. Nosotros lo podríamos entender como caritas (caridad), el amor que no nos hace falta (éros) ni nos hace bien (philia), sino el amor que lo da todo sin pedir nada a cambio. El ágape podría elevarnos al reino de los altares, reconocer el secreto de la santidad.

Benhabib al situarnos en el punto de vista del otro “concreto” afirma la necesidad de considerar al otro como un individuo con una historia, una identidad y una constitución efectivo-emocional concreta.

La fenomenología ha entendido que todo conocimiento es intencional, no somos hay una racionalidad desinteresada. Fue la escuela de Frakfurt quien ha señalado que actuamos en relación a nuestros contextos, que la razón es “razón encarnada”. Separar las emociones para legitimar nuestra conducta moral puede ser una tarea ilusa en el mejor de los casos o una maniobra para vestir nuestras acciones con los ropajes de la ética y que en el fondo carecen de toda consideración por el “otro particular” que fundamenta la philia. En la práctica nuestros dilemas morales están cargados de deseos, sentimientos hacía el “otro concreto”. Como habíamos visto en el anterior trabajo creemos que su gran aportación es comprender que en la vida diaria no resolvemos nuestros dilemas morales en términos de igualdad formal sino también se producen un proceso de sentimientos diversos, como amistad (philia), de simpatía, amor, solidaridad, deber, mérito, dignidad...

Más allá de una ética formal que se cimienta en imperativos categóricos (Kant “actúa de tal forma como si fuera un legislador universal”, “mi libertad acaba en donde empieza la de los demás”) o una ética material que nos da pautas concretas de las acciones éticas el objetivo es remarcar la distinción crítica entre el “otro generalizado” y el “otro particular”. Insiste la autora que la distinción no es prescriptiva, sino crítica.
Entendemos que nos advierte que no nos podemos escudar en postulados universales y que nuestras acciones se tienen que analizar a la luz de los efectos que producen en el “otro particular”. Así, con Gilligan sugiere que se tiene que complementar la ética de justicia con una orientación ética hacia el cuidado. Nos advierte que no podemos olvidar que la acción moral requiere del respeto de la dignidad y el valor de las personas que están implicadas.