Cuando nos proponemos conocernos a nosotros mismos en algún momento de lucidez somos conscientes que no importa tanto lo vivido, si no cómo lo hemos interpretado y sentido. Es difícil distinguir entre nuestras cogniciones y nuestras emociones, ya que habitualmente se entremezclan. Podríamos plantearnos que en un principio, como seres emocionales, nos determinan nuestras @font-face { font-family: "MS 明朝"; }@font-face { font-family: "MS 明朝"; }@font-face { font-family: "Cambria"; }p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: Cambria; }.MsoChpDefault { font-size: 10pt; font-family: Cambria; }div.WordSection1 { page: WordSection1; }

Crecimiento o toxicidad

 

Hay relaciones que nos dejan buen sabor de boca haciéndonos felices, mientras otras nos atormentan sumiéndonos en la tristeza. Podemos aducir que es cuestión de piel, que unos nos parecen agradables y otros desagradables. Más allá de la compatibilidad personal nos podemos plantear cómo determinadas conductas intoxican las relaciones humanas. Son determinados hábitos -conductas repetidas que nos identifican- los que conscientemente o inconscientemente van minando nuestras relaciones.

 

El hábito de la culpa

 

La culpa emana cuando lo que hago no se corresponde que lo que debería haber hecho. No cabe duda que la culpa surge con la humanización, en cierto modo es el instrumento de control social más poderoso. Los mitos fundacionales de nuestra civilización, tanto el de Prometeo como el de Adán y Eva, se centran en la culpa y la victimización. La curiosidad que nos motiva y el libre albedrío que nos hacen únicos se castigan con la pesadumbre de la culpa. Al sobrepasar los límites establecidos por la autoridad nos sentimos acongojados, solos y desamparados. La culpa, con su constante martilleo, inunda nuestra conciencia.

 

La culpa por ser nosotros mismos

 

El mandato de Píndaro, “llega a ser lo que eres”, se diluye cuando estamos asediados por el sentimiento de culpa. Únicamente cuando somos capaces de no sentirnos inocentes o culpables podemos desembarazarnos de los límites que nos imponemos. En la medida que somos seres sociales el sentimiento de culpa es inevitable, en cuanto que no podemos dejar de sentir el conflicto entre lo que debo, lo que pienso y lo que quiero.  Así, el autorreproche –el hilo musical de nuestra consciencia-, la rigidez –la inflexibilidad de las normas que hemos heredado- y la constante advertencias bienintencionadas de nuestros seres queridos –que con su sordina hacen inaudibles a nuestros auténticos deseos- nos van amansando y haciéndonos cada vez menos independientes.

 

La toxicidad de la culpa

 

La culpa es tóxica tanto desde una perspectiva intrapersonal como interpersonal. Intrapersonal porque no nos permite relacionarnos bien con nosotros mismos, aflorando la mala conciencia. Interpersonal porque al culpabilizar o victimizar a nuestros semejantes lo que hacemos es no ofrecerles la oportunidad de ser ellos mismos.

La culpa nos hace olvidar lo que sentimos y necesitamos, nos hace cada vez menos independientes. Los mensajes de la culpa nos paralizan y nos hacen infelices. Mensajes como "nunca es suficiente" nos hace despreciar lo conseguido, o como "yo soy más desgraciado que tu" nos empequeñece, o como "eres el único responsable de lo que te ha pasado" nos nubla la capacidad de pensar adecuadamente. 
Con el sentimiento de culpa podemos postergarnos y sacrificarnos hasta no reconocer nuestro fines vitales y vivir una vida que no es la nuestra. Magistralmente, Nietzsche nos preguntaba: ¿usted ha vivido su vida o la vida la ha vivido por usted?. No podemos erradicar el sentimiento de culpa, pero si podemos domesticarlo. Como hábiles adiestradores podemos atemperarlo, reconocerlo para que no nos paralice. El primer requisito es reconocerlo para poder acomodarlo a nuestra independencia personal.