Fue el testigo mudo de la más terrible guerra fraticida que hemos padecido. Cuando ésta termino no había que hacer con una estructura abandonada que para nada servia, solo para que la vieran las personas al pasar, y en eso se quedó.

Por: Adán J. Loredo

Uno de los monumentos más emblemáticos de la Ciudad de México, es, sin duda, el Monumento a la Revolución. No es otra cosa que una cúpula sostenida por cuatro arcos.

Así se ve desde lejos y desde cerca. No fue diseñado desde un principio para que fungiera como un monumento a la Revolución, por más que hoy estén ahí los restos de quienes fueron los principales protagonistas del conflicto armado.

De no haber existido el conflicto armado, desde ahí se tomarían las decisiones que han llevado a México a la quiebra, generación tras generación. También habría sido escenario de los desmanes, gritos y patadas a los que nos han acostumbrados nuestros legisladores.

Pero terminado el conflicto no había ahí mas que un armatoste de acero que nadie quería voltear a ver. Entonces se tomo la decisión de darle un uso: que fuera el Monumento a la Revolución. Y, sin duda, lo es, y, lo es más que si hubiera sido diseñado para serlo.

En el gobierno del general Díaz, se pacificó al país, después de más de medio siglo de revoluciones. Con la paz llego el progreso, o lo que es lo mismo, la inversión extranjera. Había con que levantar edificaciones dignas de la megalomanía de un presidente. Tan así que el viejo caudillo se la pasaba colocando primeras piedras. Y de no haber sido un poco tarde para poner la primera piedra de lo que iba a ser el Palacio Legislativo, sin duda hoy cumpliría la función para la que fue diseñado.

La moda, en los tiempos de Díaz, estaba bastante influenciada por la europea, sobretodo por la francesa. No por nada fue un arquitecto francés quien diseño el edificio. No había cabida, en ese entonces, para que los arquitectos mexicanos opinaran, tampoco para que se utilizaran materiales regionales, todo era traído desde Europa. Con esa normatividad se construyeron magníficos edificios que hoy están por todas partes del país, que son el fruto del “orden, la paz y el progreso” que se respiraba en el Porfiriato.

En septiembre de 1910, Díaz puso la primera piedra del Palacio Legislativo. Era muy tarde. En muchos lugares ya se hablaba de Revolución, y esta llego con una fuerza que Díaz jamás imagino. Los primeros cañonazos derribaron al viejo general de su silla. Él se fue del país y todo parecía quedar en paz. Pero la realidad era otra: el caldero hirviendo apenas estaba por derramarse. Los años siguientes todo fue muerte y destrucción.

Durante años esa estructura fue testigo del caos que dominaba al destrozado país. La ciudad de México fue en muchas ocasiones un cementerio al descubierto. Los ejércitos iban y venían. Salían unos de la ciudad para que entraran otros, pero todos dejaban la capital llena de muerte, miedo e incertidumbre. Y la estructura allí permanecía. Aquel que la hubiera levantad con su poder, ya dormía en un cementerio de Paris. Quienes derribaron su gobierno ya lo habían pagado con sangre. Pero siempre había más hombres dispuestos a matar.

Cuando las cosas medio se estabilizaron, México tenía una cara nueva. No había intenciones de terminar el palacio legislativo; ya no era tiempo para eso. Por el contrario, se pensó en desmantelar la estructura. Se quitaron las naves laterales, y poco falto para que se arrasara con todo. Entonces, una acertada decisión convirtió el inmueble en el monumento a la revolución. Pocas decisiones han sido tan simbólicas en la historia política del país. Un edificio no terminado siempre nos recordara que la guerra lo que no interrumpe lo destruye.

También podemos decir que ese es el monumento que mas nos ha costado a los mexicanos. Millones de historias tristes: batallas encarnizadas entre compatriotas, fusilamientos por doquier, presidentes asesinados, haciendas saqueadas, anarquía, abuso de poder. Todo eso para darle un nuevo rostro a México.

Y ese rostro está allí, en el Monumento a la Revolución. Esos cuatro arcos recuerdan a todos que el fin del gobierno de Díaz no fue por decisión propia. Con la fuerza de las armas se le obligó a renunciar. La obra que no fue terminaba es el rostro del inicio de la Revolución. Y el uso que tiene actualmente afirma que al terminar el conflicto, otros hombres tenían el poder, y ahora las cosas se harían a su modo.

Adán J. Loredo