Decía un recordado personaje (caudillo mexicano): “El respeto al derecho ajeno es la paz”. No cabe duda que para mantener la armonía familiar, laboral y social, definitivamente debemos practicar el respeto.

La palabra respeto etimológicamente podría definirse como la “cosa del pecho”; y en un sentido práctico y comprensible como “el valor que se le da al ser; estima, trato digno, consideración, miramiento”.

Para dar valor, lo mismo que para desarrollar la conciencia moral, se necesita observar minuciosamente; pero además, reflexionar críticamente, de manera que se interiorice la realidad observada y adquirida a través del proceso del conocimiento, surgida del interior de cada persona (razón y conciencia). En relación a este proceso de observación, elaboración e interiorización, no cabe duda que según el rol, así será el análisis. Depende de la calidad de hijo, padre, docente, alumno, jefe, subalterno, en fin, y así será la reflexión. Lo importante es que todos adquiramos un compromiso con esa valoración y nos tratemos mutuamente con deferencia. Ayudará a comprender lo anterior, la idea que todo ser humano es valioso e importante; es más, cada persona se asigna a sí misma esa calidad. En la sociedad, desde la familia, la escuela, iglesia, entre otros; el respeto es la piedra angular de las relaciones pacíficas.

Por otra parte y no menos importante, para mantener la paz, la sociedad ha creado un conjunto de normas (en sentido estricto y lato); entre ellas encontramos las normas del decoro, a las que algunos niegan entidad autónoma (Del Vecchio, Rádbruch) por estar desprovistas de sanción y no ser exigido su cumplimiento a través de un poder coercitivo (existen normas jurídicas cuya sanción está desprovista de cumplimiento forzoso). Ahora bien, lo anterior no es óbice para afirmar que toda norma encuentra su fundamento en los valores (justicia, bondad, entre otros); por tanto, los convencionalismos sociales (normas del decoro) tienen su génesis precisamente en ese conjunto de comportamientos valiosos y virtuosos, a los que la humanidad a lo largo de su desarrollo le ha asignado tal calidad.

Para comprender mejor lo dicho anteriormente, analicemos nada más “el saludo” (norma del decoro), que es parte del respeto (el que por supuesto es mucho más amplio). Este en la familia, la escuela, la comunidad, puede ser considerado como un convencionalismo social; en este caso, la persona que no saluda, tiene nada más la desaprobación del grupo social; sin embargo, en el ambiente militar, saludar es una obligación y el sujeto que no cumple con el saludo, se hace acreedor a una sanción (poder coercitivo).

Al hablar de respeto, traigo a colación la clasificación que realizó el Dr. David J. Guzmán, él al hablar de los deberes de la persona humana, los clasificó para consigo mismo (uno mismo), la familia y la sociedad (comunidad).

De lo anterior se deduce que cada ser humano tiene el deber de respetarse a sí mismo; darse un trato digno, reconocer su valor, aptitudes, capacidades, en fin; de ahí que una persona que no se respeta a sí misma, tiene dificultades para respetar a los demás.

En el orden de ideas que se expone, tenemos luego, los deberes para con la familia (padre, madre, hermanos, tíos, sobrinos, primos, en fin. En la familia es importante reconocer el valor de sus miembros y tratarles con afecto; lo mismo que de conformidad con las normas establecidas para ese núcleo social.

En la sociedad existen muchas instituciones, en cada una de ellas se tendrá que mantener relaciones con nuestros semejantes; y donde el respeto es clave en la armonía.

Las reflexiones anteriores deben permitirnos elaborar una definición de lo que entendemos por respeto, en lo personal le definiré así: “Valor moral que mediante el trato deferente y digno al ser que somos y a los seres que nos rodean constituye la base de la paz individual y colectiva”.

¿Qué debo respetar? La calidad de ser humano, su origen, etnias, creencias, costumbres, el entorno social o natural; pero además, las normas establecidas en la sociedad (instituciones que la conforman). En atención a esto último, transcribo del considerando de la Constitución de la República de El Salvador, año 1983, lo siguiente: “Nosotros…animados del ferviente deseo de establecer los fundamentos de la convivencia nacional con base en el respeto a la dignidad de la persona humana”. Asimismo, y en igual importancia, cito el artículo uno de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que a la letra dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Como puede observarse ambos preceptos, hacen énfasis en el respeto.

Como aseveré inicialmente, debemos interiorizar el conocimiento, porque solo así, adquiere calidad de valioso (conciencia). Frecuentemente escuchamos: “lo que es valioso para mí, no lo es para los demás”; ello imposibilita por un lado la universalización de valores, peor aún, induce a vivir en un mundo donde cada quien hace lo que le viene en gana; por tanto; y sin querer adoptar una posición fundamentalista en el tema, concluyo, el respeto es un valor universalmente válido; aunque por supuesto, no todos los seres humanos pongamos en práctica el trato digno y deferente del que hemos venido hablando. Lo que sí podemos aseverar es lo siguiente: “No todos los seres humanos respetamos, pero sí todos exigimos que nos respeten”. Esto último indica lo universal del valor.

De todo lo dicho se concluye, en primer lugar darme a mí mismo un trato digno; considerarme un ser valioso e importante, no solo por mi origen, sino por la misión que se me ha encomendado; y en la misma magnitud, considerar a todos los seres humanos que me rodean, dignificándoles de palabra y acción; asimismo, debo valorar los animales, las plantas y demás recursos naturales que tengo disponibles en mi bello hogar “el planeta tierra”.

Resumiendo, debo practicar las palabras del humilde carpintero de Galilea, el Divino Maestro, cuando dijo: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”; la que ha sido denominada “Regla de Oro” y que repito para énfasis: “HAZ A OTROS, LO QUIERES QUE HAGAN CONTIGO”.

Lic. Jaime Noé Villalta Umaña
Prof. y Abg.