El Transfuguismo Politico y sus Malabares

 Con el acercamiento de la celebración de un evento electoral resurge el germen del transfuguismo que parece despertar de una especie de sueño de Morfeo que lo mantiene inerte por tres años y le da el aviso de alarma de que en el próximo año se acercan cambios, que al levantar el vuelo la suerte o el porvenir podría ser funesto y más desastroso que Hiroshima. En efecto, me estoy refiriendo al fenómeno que se viene dando en nuestro país, donde ciertos políticos que de una manera olímpica pasan de conservadores a liberales, de izquierda a derecha, de rojos a blancos, de blancos a morados y viceversa.

Decía el célebre Ortega y Gasset que el hombre es él y sus circunstancias, y en nuestro país se la ha dado una interpretación práctica en todo el sentido de la famosa frase, pues como sostenía Heráclito “todo fluye nada es permanente”, sólo el cambio es permanente, y hoy vemos, mañana no sabemos. Entonces, surge la pregunta ¿por qué militar un solo partido toda la vida si nada es permanente?

Sin embargo, debemos señalar que la figura política del transfuguismo no es un fenómeno reciente, sino que nos atrevemos a decir que ha venido manifestándose en todos los países o en algún momento dado antes que estos lograran alcanzar su madurez política. Uno de los ejemplos más fehacientes e interesantes que registra la historia está en la persona Joseph Fouché, Ministro de Interior de Napoleón Bonaparte, que se caracterizo por su capacidad camaleónica de asegurarse su propia supervivencia y mantenerse en el poder a todo precio, no importando quien ocupe el poder. Este “genio tenebroso” traiciono a todos tal como hizo con Robespierre y cuando no encontró a quien traicionar se traiciono a sí mismo.

Hemos visto como se ha reemplazado el valor de la lealtad por el de los intereses, la estabilidad por la ambivalencia, los principios por el oportunismo y los ideales por la conveniencia.

Evidentemente hablar de ideales y principios políticos en la sociedad de hoy constituye un discurso desfasado y obsoleto que solo se enarbola en la campana electoral y se utiliza como un instrumento para captar nuevos adeptos que todavía creen en esos valores que los candidatos utilizan con la mayor ironía.

Tal cual hace el trapecista de un circo cuando se encuentra en la cuerda floja, que juega con la decisión de pasar de un extremo a otro, así hacen los que ven la política como un negocio y no como la inmaculada oportunidad que les brindan los dominicanos de aportar su granito de arena para cambiar, mejorar o arreglar las cosas que afectan a sus conciudadanos.

También hemos visto los malabares de toda clase y colores, desde ver un secretario general de un partido en decadencia pasarse a uno mayoritario y hacerse inmediatamente de una curul, un general seguidor de un ex presidente formar su propia institución partidaria y pasar apoyar la candidatura oficial, un ex ministro cambiar de partido y lograr una senaduría en ese momento coyuntural, hasta ver una dirigente de larga data de un partido sacrificar todos los años de trayectoria en una institución para pasar a las filas de otra. De igual modo, lo mas reciente ha sido ver un miembro del anhelado comité central del PLD irse a la oposición, y proximamente un ex Sindico de una gran ciudad hará lo propio. Los partidos Políticos se dirigen a un mayor debilitamiento de su institucionalidad. No obstante, esto no quiere decir que los que se sientan mal en un lugar no puedan irse a otro, ya que estamos en un Estado social, democrático de derecho.

Por lo visto ser tránsfugas es cosa que se pone de moda cada año electoral, y para no convertirnos en la nota discordante tendremos que dejar las ideologías y entremos en una especie de pragmatismo político dominicano, y abandonemos el barco antes que este se hunda. Pero no somos así.


Lic. Geovanny Vicente Romero.
Abogado-Politólogo