Tradicionalmente, la fachada ha sido al mismo tiempo la estructura y el cerramiento del edificio, y por tanto la capacidad de abrir huecos para iluminar, ventilar, o disponer de vistas al exterior ha sido limitada.

Por: Cristian Abeldia

Una fachada es, por extensión, cualquier paramento exterior de un edificio; aunque por defecto, cuando se habla de fachada, se hace alusión a la delantera o principal, indicándose más datos en caso contrario (fachada trasera, fachada norte, etc.)

La fachada es objeto de especial cuidado en el diseño arquitectónico, pues al ser la única parte del edificio percibida desde el exterior, muchas veces es prácticamente el único recurso disponible para expresar o caracterizar la construcción. La componente expresiva está tan arraigada en el concepto de fachada, que en ocasiones se hace referencia a la cubierta como la «quinta fachada» cuando ésta posee una intención estética.

La fachada ha experimentado multitud de transformaciones a lo largo de la historia por su condición de soporte o lienzo para los distintos estilos arquitectónicos. Sin embargo, los cambios más profundos han sido consecuencia de la evolución de las técnicas constructivas.

Tradicionalmente, la fachada ha sido al mismo tiempo la estructura y el cerramiento del edificio, y por tanto la capacidad de abrir huecos para iluminar, ventilar, o disponer de vistas al exterior ha sido limitada. El desarrollo histórico de la fachada ha sido pues una carrera tecnológica en pos de ampliar estos necesarios huecos.

El tamaño y disposición de los huecos ha estado condicionado fundamentalmente por dos limitaciones: la capacidad para abrirlos (evolución del muro de carga), y la capacidad de protegerlos (evolución del vidrio).

Aunque la existencia del vidrio está documentada desde hace más de 5.000 años en Mesopotamia y Egipto,[2] y a pesar de que el imperio romano lo difundiera por Europa ya en el 300 a. C.,[3] no se puede hablar de una utilización relevante de este material en la construcción hasta el siglo VII y la expansión árabe. A partir de entonces, la posibilidad de realizar aperturas de huecos en fachada empezó a generar un interés creciente.

En la antigua roma, antes de la popularización del vidrio, se empleaba como acristalamiento el lapis specularis; un tipo de roca traslúcida de yeso del tipo de la selenita.

La incapacidad para fabricar vidrios de grandes dimensiones se resolvió subdividiendo las hojas de ventana en cuadrados más pequeños, capaces de ser tapados con una única pieza de vidrio más pequeña. La costumbre actual de subdividir los paños de ventana en cuadrados más pequeños es una reminiscencia estética que ha perdurado desde entonces.

En el empleo del vidrio en fachadas, cabe detenerse en el capítulo de las catedrales, especialmente las góticas. Éstas supieron convertir el problema del tamaño de las piezas en una virtud: "dibujando" con un armazón de plomo diferentes figuras sobre las aperturas de fachada, y rellenando los huecos resultantes con vidrios tintados, crearon magníficas vidrieras.

Una vez superado el problema de proteger el hueco con vidrio, las limitaciones se debieron al carácter estructural de la fachada. La apertura de un hueco obligaba a su pieza superior, el dintel, a soportar la carga del edificio. Esto impedía practicar huecos demasiado anchos, por lo que las aperturas adoptaron formas verticales para aumentar en lo posible la superficie de iluminación. También era necesario disponer los huecos alineados unos encima de otros, de manera que se facilitase la trasmisión de la carga del edificio por el resto del muro. Al igual que con el vidrio, y a pesar de no ser ya necesaria, esta composición de fachada con ventanas verticales y regulares ha sobrevivido hasta nuestros días como una herencia cultural.
Para aumentar el tamaño del vano, en edificios singulares se empleó el arco de medio punto y posteriormente el arco apuntado. Sin embargo, el primer gran avance en la fachada se produjo en las catedrales góticas, cuando se eliminó el problema de los huecos al despojar de función estructural a la fachada.

La revolución consistió en la sustitución del concepto tradicional de muro de carga por el de pilares puntuales, desviando la carga de la cubierta mediante arbotantes a unos contrafuertes exteriores. De esa manera la fachada, liberada del peso, podía cerrarse ahora con grandes vidrieras.

La llegada del acero a finales del XIX, y del hormigón armado a principios del XX, terminó definitivamente por liberar a la fachada de su dependencia estructural. Los arquitectos del Movimiento Moderno exploraron las posibilidades de una fachada libre, popularizando la ventana corrida y los huecos horizontales en lugar de los tradicionales verticales, utilizándolos tanto por adecuarse mejor a la visión de las personas, como para evidenciar su independencia de la estructura
Fachadas para casas modernas