Por: Fabian Ledesma

Las tonadas llegan al público coloreado por el exclusivo trasfondo sonoro que les brindan sus instrumentos esenciales: el guitarrón, la guitarra, la vihuela, el violín, arpa y la trompeta. El compás de los ritmos circula por Bodas, fiestas de quince, cumpleaños, pedidas de matrimonio, reconciliaciones e incluso han sido solicitados para sosegar la aflicción de algún enfermo. Conforme exactamente los mismos músicos, en cada muestra ofrecen más que música. Ellos otorgan gozo y romanticismo, que son el corazón de sus homenajes tan solicitados: las serenatas.

Reconocimientos a estas serenatas, ciertos artistas exponen la posibilidad de que en el cielo les haya reservado un sitio de privilegio, como recompensa por la cantidad de ánimas que consiguieron unir. Asevera que son una suerte de serafines terrenales, con la potestad de traspasar los corazones tiernos con sus valses, vidalitas y boleros.

Los mariachis instan que con sus rancheras, pasodobles y huapangos pueden agitar los pies al más retraído de la fiesta. Dicen que son idóneos de subir el fuego íntimo de la dicha, de estimular el calor de un beso, de fundir los desconsuelos, de inducir a la nobleza del perdón. Revalidan todo esto con el testimonio de que vocalizando se deleitan los corazones. Y la reflexión es que gracias a la mitad de estas pericias, estos señores ya podrían conformar el cuadro de titanes mundiales.

Las memorias de estos mariachis inquietan al planeta, desde su empleo y casi por casualidad, han conseguido examinar desde muy cerquita el efecto de las personas. Por medio de su oficio ellos participan para renovar la vida de muchos. Como los titanes.

Una de las leyendas más tiernas que cuentan estos Mariachis es la de una parejita de enamorados. Ella quería casarse. Él trabajaba como mercader y, con la disculpa del ahorro y de la posibilidad de un mejor momento financiero, postergaba continuamente la data de Boda. Cuando las cosas comenzaron a colocarse tensas, el chico resolvió invocar a los mariachis y pensó un plan: el instante de la sorpresa sería durante la celebración de aniversario de su novia.

Ese mismo día, además de esto, en los instantes precedentes a la fiesta, él le afirmaría que no podría ir a la festividad. ¿La excusa? Un viaje por motivos laborales. De esta manera se hizo y fue grande la decepción de la enamorada cuando se dio cuenta de que su futuro no estaría presente en los festejos, sobre todo por el hecho de que era demasiado tarde para suprimirlo.

Adolorida, prosiguió con los planes y a la noche se dirigió al lugar de la fiesta. Una vez allí todo fue admiración y revuelta: siete u 8 sujetos de chaquetas negras, moños rojos y enormes sombreros surgieron a su tropiezo. Luego, como surgido de las estrofas de "Cielito lindo", surgió un excelente ramillete de rosas y tras él, su hombre. Ella soltó los incipientes lamentos de emoción. Él, de rodillas, le planteó matrimonio mientras que ampliaba sus brazos brindándole unas alianzas. Ella se abandonó al lamento y se aligero a abrazarlo.

Él se acoplo y de algún lado desenvaino unos documentos que eran, en escenario, mucho más: trascendieron ser las escrituras de una casa que había conseguido hacía poco. Ella no podía aguantar tanta sorpresa. Enunciar que reía a risotadas o que lloraba a voces era igual de válido. El chaval era el postulante ideal. A esa altura, hasta nosotros deseábamos casarnos con él", declara Diego.

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