Interpensar. el Pensamiento Contextualizado

Este ensayo toma como punto de partida el libro de Meil Mercer “Palabras y mentes”. Su tesis fundamental es que debemos rescatar la idea que el lenguaje es un instrumento para pensar colectivamente o como el texto nos propone para “interpensar”. El lenguaje es un instrumento de conocimiento. Parece que el objetivo de un lenguaje universal coincide con la sensibilización respecto al fenómeno de la “babelización”, a pesar de ello el libro no se detiene en el análisis de las posibles condiciones para afianzar un lenguaje universal, si no en el empleo del lenguaje para pensar y actuar conjuntamente; es decir se interesa por el uso normal y cotidiano del pensamiento (que se materializa con el uso del lenguaje) para resolver problemas que se plantean en la vida diaria.
Quine afirma que “es obvio que la verdad en sentido general depende a la vez del lenguaje y del hecho extralingüístico”. Así, pensar el contexto en dónde se produce el lenguaje es una condición necesaria para comprenderlo. Si se comparte la definición de la “explicación” como reducir algo a otra cosa, reducción en la cual en última instancia se reemplaza una cosa por otra (entre ambas cosas, la explicación pretende haber encontrado un lazo), queda claro que esto que llamamos “pensar” requiere del diálogo. Diálogo en el sentido socrático o diálogo interiorizado con uno mismo, en dónde el concepto de interpretación adquiere un papel protagónico.
El texto se adhiere a la tesis que las palabras tienen un significado que les hemos dado y, éste a su vez, lo podemos justificar mediante explicaciones. No hay más significado que el que nosotros damos a un conjunto de signos. La dicotomía entre “explicación” y “comprensión” ha ocupado en gran parte los debates epistemológicos de las ciencias sociales, aunque Mercer no se detiene en este debate y, principalmente, se decanta por un análisis descriptivo de las distintas comprensiones que genera la realidad para plantearse la intrínseca creatividad del lenguaje humano. Su tesis es que los logros importantes dependen de la comunicación entre personas creativas. Igual que W. James, para Mercer el lenguaje ordinario está en el lugar preeminente que ocupa debido a la funcionalidad que le tributa su origen social (mecanismo orientador, no tanto de exactitud). El solipsismo es como una rueda que gira en círculos concéntricos (a no ser que uno sea capaz de dialogar como si hubiera dos o más actores en su mente). El diálogo presupone que pensar es buscar un punto de inflexión entre dos propuestas interpretativas. Paradigmáticamente la dialéctica hegeliana nos avisa que el pensamiento surge cuando la idea se despliega en sus máximas contradicciones (después de la tesis adviene la antitesis), aunque después la pretensión de la sabiduría (síntesis) sólo se entiende al producirse un salto injustificado de la interpretación a la explicación. Pensar es una interpretación para solventar (disolver o dar respuesta) a una inquietud. Las inquietudes son sociales, es decir, se gestan en la constante interdependencia de los individuos. Las interpretaciones a la vez que nos permiten clarificar crean confusiones, parece que no podemos erradicar el eterno juego social de pensar conjuntamente. Mercer propone la tesis que “el lenguaje…:permite que los recursos mentales de varios individuos se combinen en una inteligencia colectiva y comunicadora que permite que a los interesados comprender mejor el mundo e idear maneras prácticas de tratar con él”. Con base a la distinción de Vygotsky se plantea el lenguaje como instrumento cultural (el lenguaje como instrumento psicológico se da al principio de la infancia y sirve para organizar nuestros pensamientos individuales y para razonar, planificar y revisar nuestras acciones) porque sostiene que el lenguaje vincula el pensamiento individual con recursos colectivos de conocimiento y con procedimientos para obrar.
Todo pensamiento requiere un contexto, por ello pretende definir qué entiende por contexto. Hay una base contextual por el conocimiento compartido de dos o más individuos que dialogan, así define el “contexto como un fenómeno mental consistente en cualquier información que empleen los oyentes (o lectores) para comprender lo que oyen (o leen)”. Consecuentemente, cuando realizamos una nueva lectura (o conversación) se produce una “recontextualización”.
Volviendo a la tesis de Quine, es plausible plantearse que sin tener en cuenta los hechos extralingüísticos no podríamos interpretar (por lo menos para comunicarnos eficientemente) correctamente el lenguaje. Ejemplo de ello son las referencias exofóricas, es decir, palabras como “esto” o “allí” que hacen referencia a cosas presentes en el contexto físico de la conversación, o la experiencia pasada compartida de los que se comunican. Nuestra comprensión de cualquier realidad esta limitada por la cantidad de conocimientos pertinentes que tengamos para realizar la contextualización. Es obvio que la diferencia entre un experto y un neófito estriba en las diferencias interpretativas a la hora de abordar una misma inquietud.
El texto nos plantea la necesidad de una psicología del pensamiento contextualizado. Analiza el pensamiento en su lugar de producción (el libro nos pone muchos ejemplos de conversaciones grabadas), señala el carácter socialmente construido del pensamiento (una tesis muy cercana a las posiciones de Vygotsky), utiliza una metodología cualitativa para analizar el “interpensar” y busca los elementos claves del contexto para que se cumpla el objetivo de la comunicación.
Me interesa el concepto de “marco de referencia compartido”, ya que la comprensión de un interlocutor dado presupone la comprensión de las palabras que usamos. Cualquier palabra tiene una sarta semántica que se delimita en el transcurso de la conversación. Este marco de referencia puede ser explícito o implícito, y en gran medida comprendemos “lo que nos quiere decir” cuando somos capaces de situarnos en un “marco de referencia común”. La inteligibilidad de cualquier discurso esta condicionada por el esclarecimiento de lo que queremos decir cuando emitimos palabras, que si bien tienen un significado normativo, su polisemia contextual esta escandalosamente determinada por el “juego lingüístico” propio de los interlocutores. Esta idea Mercer la llama “reglas conversacionales básicas” y, a su vez, entiende que gran parte de los malentendidos son debidos a que éstas son implícitas. El diálogo es lo que permite hacer explícito lo que asumimos implícitamente, ahora bien la pregunta más turbadora es plantearse: una vez descubiertos los presupuestos –“marco de referencia”- que mantienen la coherencia de un discurso (que en términos axiológicos podríamos llamar valores), ¿es posible interpensar más allá de ellos?(o ¿es posible pensar más allá de los “marcos de referencia”?). Mi postura es que el pensar originario trata de lidiar con estos “marcos de referencia” para mostrarlos, es decir, hacerlos patentes a los ojos de los pensantes. Los “marcos de referencia” son los valores que determinan nuestra reflexión. La preguntas subsiguientes las podríamos plantear de la siguiente manera: ¿cómo se han formado estos valores que definen nuestros “marcos de referencia”?, o, ¿hasta qué punto somos conscientes que reflexionamos con base a ellos?, o, ¿hay algún modo de incidir en nuestros “marcos de referencia”?.
Ciertamente puede haber “sabiduría sin reflexión” -la expresión es de Edmund Burke- (montamos en bicicleta sin necesidad de describir verbalmente en qué consisten todos los movimientos necesarios), es decir, podemos tener ideas equivocadas de lo que hacemos y, a pesar de ello, hacerlo bien. Del mismo modo aprendemos el lenguaje: no lo aprendemos con un diccionario, como advirtió Wittgeinstein la mejor prueba de que se conoce el significado de una palabra es saber usarla en las circunstancias adecuadas. Así, los conocimientos prácticos o habilidades se apoyan en más conocimiento tácito de lo que suponemos y en menos conocimiento explícito de lo que suponemos. Podemos ser inteligentes sin meditación verbal, pero es necesaria sí pretendemos desvelar los “marcos de referencia”. Hacer patentes los valores nos permitirá reconocer nuestras cadenas, aún sabiendo que no podemos pensar sin ellas. Con un pensar originario podríamos ser capaces de tener la libertad de escoger nuestros “marcos de referencia”, aunque soy consciente que desemboca en un “decisionismo ético”.
Para Mercer “la persuasión y la argumentación son aspectos naturales, y potencialmente muy valiosos, de nuestro razonamiento conjunto”. A mi juicio, a primera vista, la argumentación y la persuasión se diferencian en la intencionalidad. En ambos procedimientos quien los utiliza tiene el objetivo final de convencer a un interlocutor. En los usos cotidianos del lenguaje no es fácil distinguir la argumentación de la persuasión, pero se me ocurre, en base a la división disciplinaria actual, que la filosofía acentúa más de la argumentación, mientras la psicología la persuasión. Así, argumentar se relaciona con demostración y la persuasión con la capacidad de producir unos determinados estados psicológicos que inciden en la conducta de dos hablantes. El texto sostiene que no es moralmente dudosa la persistente utilización de la argumentación y la persuasión en una colaboración eficaz. Desde esta perspectiva se entiende que resolvemos nuestros problemas influidos por nuestras motivaciones y emociones.
La insistencia de enraizar el pensamiento con la comunidad se sustenta en la constatación que la mayoría de los recursos que utilizamos para pensar provienen de la vida social. Para Mercer, las comunidades ofrecen a sus miembros unos recursos para la actividad intelectual conjunta: una historia, una identidad colectiva, obligaciones recíprocas y un discurso. Destaco la idea de “comunidad de discurso” y “comunidad práctica” porque posibilita describir cómo se emplea y adapta el lenguaje a distintos grupos de personas que tienen y persiguen unos intereses compartidos. El texto analiza, desde una perspectiva sociocultural, el empleo del lenguaje en el desarrollo de la comprensión de los niños y cómo se posibilita el pensamiento conjunto. Finalmente, pienso que la insistencia de Mercer en el “interpensar” no debe hacernos olvidar que es el sujeto cognoscente individual quien determina las condiciones del conocimiento. Los materiales de nuestros pensamientos tienen un origen social, pero siempre los reelaboramos de “modo individual”. Sin obviar que hay una intencionalidad del grupo en su conjunto, cada individuo puede albergar en su alma sus propias intenciones. Es cierto que no podemos pensar sin los materiales que nos proporciona la sociedad, aunque tampoco podemos evadirnos de la responsabilidad que cada uno como ente individual es el “maestro de obra” de su propio edificio. Así, aunque penosamente o apaciblemente condicionados socialmente, tenemos un margen de libertad para pensar a nuestro modo.



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