Se gasta una enorme cantidad de dinero en la construcción de escuelas, otra en darles mantenimiento y mantenerlas funcionando, y una descomunal en el salario de los maestros. Y, con todo eso, la educación pública no sirve.

Por: Adán J. Loredo

Ya seria tiempo de que muchos se pregunten por qué razón, si se invierte el dinero, los resultados en calidad de la educación nada más no cuadran.

Los padres de familia cierran los ojos ante la evidente crisis, se conforman con que la escuela para sus hijos sea gratis. A lo dado no se le ven defectos. El gobierno ve el problema pero no encuentra la forma de solucionarlo. Un poderoso sindicato se puede dar el lujo de hacer lo que se le venga en gana sin temor a nada, y los maestros tienen uno.

Y ellos, los encargados de educar a los líderes del mañana, se dan cuenta de su mediocre rendimiento, pero también saben que nadie puede obligarlos a trabajar. Esperan pacientemente a que les depositen su quincena, y están listos para ir a huelga el día que ya no les conviene.

Disfrutan de tres periodos de vacaciones anualmente, más que ningún otro trabajador, y a pesar de ello se la pasan sacándose días festivos de la manga. Con huelgas injustificadas, puentes y días de fiesta ficticios, el periodo escolar se acorta de forma alarmante, como para que los maestros se tomen el trabajo enserio los días que si dan clases, pero, por desgracia, ni así.

Al alumno le toca, comúnmente, hacerla de psicólogo, porque los maestros en lugar de dar clases se ponen a platicar sus aburridas anécdotas, sus problemas familiares, y no falta el que también cuenta los amorosos. Otras veces observa por la ventana como su maestro plática alegremente con un colega afuera del salón de clases sin que nadie les recuerde que están allí cobrando un dinero y tienen que desquitarlo.

La causa de tan irresponsables prácticas está en el hecho de que la gran mayoría de los maestros no eligieron esa carrera por vocación, sino por las largas vacaciones y los jugosos aguinaldos, agregándole la posibilidad de ganarse un sueldo sin hacer nada, cualquiera optaría por dedicarse a la docencia para tener la vida completamente resuelta.

El problema más grave es que la situación no tiene muchas esperanzas de cambiar para bien. Con solo mencionar el hecho de privatizar la educación, seria motivo suficiente para que un candidato muy popular perdiera las elecciones para presidente. El sindicato haría cuanto estuviera en sus manos para impedir una reforma de ese tamaño por la sencilla razón de que, como trabajadores del sector privado, los maestros se verían obligados a, tal vez por primera vez en su vida, trabajar, y desde luego solo le darían trabajo a los mejores. Así que no hay muchos motivos lógicos para esperar a que las cosas mejoren pronto.

El sistema educativo es así porque sobrevive del sector público, porque la sociedad no exige un cambio, porque al gobierno no le interesa y no tiene el valor de mejorarlo por el miedo que los gobiernos siempre le han tenido a los sindicatos.

El parto de ese sistema descompuesto y podrido, es una sociedad culturalmente en pañales, dispuesta a cometer error tras error sin siquiera darse cuenta, como, por ejemplo, elegir para que la gobierne a personajes que no conseguirían un empleo ni lustrando zapatos.
Por fortuna existe la educación privada, por desgracia un porcentaje muy bajo de la población puede acceder a ella.

Pero allí, las cosas funcionan porque tienen que funcionar. El padre de familia exige porque paga dinero y si no se cumplen sus expectativas cambia a su hijo de escuela. Para evitar esa fuga de capital, el dueño de la escuela también exige a sus empleados: los maestros tienen que llegar puntuales o se les descuenta la hora, si faltan el día no se les paga, y si los alumnos se quejan de que alguien no esta cumpliendo con el programa académico, le rompen el contrato en la cara y punto. Las cosas como tienen que ser. Si un maestro de escuela publica va a pedir trabajo a una privada de buen nivel académico, le cerraran, sin duda, la puerta en las narices.

Y así ha sido siempre. Todo es cuestión de revisar un poco la Historia. Las escuelas públicas llevan siglos existiendo, bajo diferentes regimenes, y siempre han sido muy malas. La educación privada es también bastante vieja, y siempre se han obtenido de ella excelentes resultados. La mala calidad de una y la buena de otra, salvo pocas excepciones, son cosas que no han cambiado durante varios siglos.

Adán J. Loredo