La mente humana es poliédrica porque se compone de fuerzas antagónicas que producen una cantidad ingente de deseos reprimidos. Es en los sueños donde simbólicamente pueden descubrirse los deseos reprimidos. Goya expresó sin paliativos que “la razón puede producir monstruos”. Para Freud la cultura provoca frustraciones, pero es una garantía que nos permite sobrevivir. Como Hobbes sostiene que con la cultura ganamos en seguridad a costa de ceder nuestra libertad y elimina la consideración ética sobre la bondad o maldad intrínseca de la naturaleza humana (los sentimientos humanos son ambivalentes... "en nosotros reside un ángel y un diablo"). Mientras el "ello" se rige por el principio de placer y el "yo" por el principio de realidad, el "superyo" es la instancia psíquica que representa la interiorización de las pautas morales. Así, el "superyo" es la conciencia moral, la censura, en definitiva la prohibición y el ideal a imitar. La vida individual es un reflejo de la transformación constante de la coerción exterior en coerción interior. En cierto modo, vivir en sociedad es aceptar la hipocresía olvidado nuestra mente poliédrica y vivir ajenos a nuestros instintos. La cultura nos obliga a reprimir nuestros instintos, pero en periodo de guerra se abre la veda y pueden brotar de forma pasajera esos instintos retenidos durante largo tiempo en nuestra civilización. La tesis es que la transformación de los instintos, sobre la cual reposa nuestra capacidad de civilización, puede quedar anulada de un modo temporal o permanente. No pretende una reivindicación del Dionisios nietzschiano (Nietzsche en el “nacimiento de la tragedia” afirma que el hombre occidental esta desequilibrado porque sólo se asienta en Apolíneo, la deidad de la racionalidad, y han olvidado Dionisio, el dios de la embriaguez.), sino reconocer la existencia de dos fuerzas, en su lenguaje pulsiones, que determinan la naturaleza humana: eros y thanatos. Para Freud amor y odio son inseparables.
Respecto a nuestra actitud ante la muerte, para Freud en el inconsciente estamos convencidos de nuestra inmortalidad, pero lo fundamental es que el hombre tiene que asumir la muerte como algo propio de su existencia. Es la conciencia de la muerte de los seres amados la que nos produce el conflicto sentimental (ley de la ambivalencia de los sentimientos) y, por lo tanto, el nacimiento de la psicología.
Nos exhorta a prepararnos para la muerte para soportar la vida. Al cerrar el mundo a la existencia extramundana su apuesta es por una ética intramundana que nos conduce a saborear nuestra existencia temporal con un valor intrínsico en sí mismo.
La tesis weberinana de racionalización-desencanto del mundo viene a mostrar un paralelismo con la teoría freudiana. La racionalización es el mecanismo de defensa que mejor define a las sociedades modernas (recordemos que la racionalización es un mecanismo de defensa junto con la represión, la negación, la substitución y la proyección) y, por consiguiente, la sublimación no puede más que producir un desencanto. Para Weber el hombre necesita vivir encantado (“sin pasión no vale la pena vivir”) y si sublimamos todo aquello que constituye lo más hondo y abismal de nuestra alma cojeamos constantemente. Una tesis exploratoria de una teoría filosófica del sociólogo Weber que coincide con la naturaleza humana que propone Freud es pensar que Weber propone una concepción trágica de la naturaleza humana que mantiene la tensión que Freud diluyó con la preeminencia del superyo. No me refiero a la concepción clásica de la tragedia que se relaciona con lo inevitable, con lucha titánica del héroe contra los dioses, sino de una tragedia moderna que presupone elegir entre dos valores con el mismo grado de nobleza. Para Weber la racionalización no puede ser valorativa y el hombre se encuentra solo ante sus impulsos y nada más tiene tres opciones: someterse a una autoridad carismática que le hará perder su identidad, a una autoridad racional-legal que le asegurará la existencia anodina y gris, o asentarse en una autoridad tradicional que le proporcionará cierto cobijo. Solamente el sometimiento a una autoridad carismática le producirá la pasión necesaria para romper la esclerosis de la existencia cotidiana. Freud fue un médico que reconoció que el hombre es una animal enjaulado por la cultura y nunca se atrevió a abrazar el nihilismo porque no dejaba de ser un hombre de ciencia ilustrado. Parte de su grandeza estriba en rastrear las fronteras entre lo racional y lo irracional, entre la animalidad y la humanidad cristalizada en una rimbombante civilización, es decir en asumir que somos tanto lo uno como lo otro y cuando lo olvidamos se abre la caja de Pandora. Es en la ambición especulativa dónde encuentro la inflexión entre Weber y Freud, mientras la metáfora freudiana es la represión, la weberiana es la iron cage (la jaula de hierro), y finalmente mientras Freud creía en la posibilidad de un método (la asociación libre) para erradicar la ansiedad humana que se ha constituido en nuestra formación como seres civilizados, para Weber no hay más que aceptar el carisma y la inevitable rutinización del carisma. Al final ambos nos enseñan que reconocer y vivir intensamente nuestro tiempo vital es el mejor antídoto para vivir con cierto sosiego. Se trataría de colocar las vivencias en su espacio-tiempo para no cargar con el lastre de no soportarnos a nosotros mismos. Magistralmente, Wittgeinstein sentenció “si por eternidad no entendemos duración temporal infinita sino atemporalidad, vive eternamente quién vive el presente”.