Desde hace años Wittgenstein me ha interesado como pensador. Un autor poco prolífico en escritos, que se atreve a pensar de lo que no se puede hablar.  Su “Conferencia sobre ética” afirma que “en lugar de decir que la ética es una investigación sobre lo bueno, podría haber dicho que la ética es la investigación sobre lo valioso o lo que realmente importa, o podría haber dicho que la ética es la investigación acerca del significado de la vida, o de aquello que hace que la vida merezca vivirse, de manera correcta de vivir”. En esta pequeña conferencia se propone hablar de lo que exige un silencio reverente. Al igual que Weber entiende que el sentido del mundo lo tenemos que buscar fuera del mundo: el mundo en sí mismo no tiene valor ni sentido, porque el mundo es la “totalidad de los hechos” y la ética queda fuera del mundo.La no cognoscibilidad de los valores se patentiza en el “Tractatus”: “Mi único propósito fue arremeter contra los límites del lenguaje. Este impulso contra las paredes de nuestra jaula es perfecta y absolutamente desesperanzada. La ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno, lo absolutamente valioso, no puede ser ciencia.”.

Wittgeinstein sostiene en la línea de San Agustín que toda filosofía honesta y decente empieza por una confesión. La ética no puede demostrarse (“no hay premisas lógicas para la felicidad”), pero puede mostrarse en el ámbito de lo místico (“la ética descansa en la sombra de las palabras”). La trascendencia que propone es la búsqueda en el interior del corazón humano como la sabiduría oriental plantea “la mayoría de las personas están vacías y se sienten mal porque utilizan las cosas para deleitar sus corazones, en lugar de utilizar el corazón para disfrutar de las cosas”. No podemos dirigir los acontecimientos del mundo, pero si podemos independizarnos de él. La capacidad de renunciar aproxima la ética a la mística, aún más con la estética porque las tres ven los objetos sub specie aeternitatis.

La coherencia con uno mismo es el gran objetivo de la vida. Su teoría en un primer momento parece que nos conduce al silencio, pero como demuestra su propia biografía “los que no saben hablan. Los que hablan no saben. El verdadero sabio enseña con sus actos, no con sus palabras”. Cuando se va a vivir a los fiordos de Noruega como persona, como intelectual, se considera a sí mismo como un “exiliado del mundo”. Finalmente cuando estaba a punto de fenecer le dijo a la esposa de su médico “Dígales que mi vida ha sido maravillosa”. Su conciencia que la sabiduría es gris le llevaba a entender que la vida está llena de color y la mejor opción vital es mejorarse a uno mismo.

El filósofo austriaco es un místico que en su huida del mundo lo único que le parece sostener es la autenticidad. No es una ética consecuencialista y muestra cómo “matar a Dios” (la trascendencia) nos conduce al “horror vacui”. Su maestro y admirador Bertrand Rusell se cobija bajo el manto aristotélico para ofrecernos una teoría de la felicidad. Las causas de la infelicidad son la envidia, la competencia, el aburrimiento, la mala conciencia o el miedo a la opinión pública; mientras que las causas de la felicidad encontramos: el afecto, la familia, el trabajo, el esfuerzo o la resignación. Las causas externas que impiden disfrutar de la vida son la guerra, la educación basada en el miedo y la explotación económica. La causa interna más destacable es la distorsión cognitiva.

 

EL DESCUBRIMIENTO DE LA DIGNIDAD HUMANA

 

Sócrates nos propone seguir la máxima “conócete a ti mismo” siguiendo el oráculo de Apolo en Delfos. En el siglo XX los pensadores han criticado la extralimitación de los planteamientos platónicos e idealistas. Heidegger ha criticado la reducción de la realidad y de la verdad a lo que se puede presentar en términos objetivos. El Wittgeinstein de “Investigaciones” ha criticado el positivismo cientifista y ha vinculado la cuestión del sentido a las formas de vida y Adorno ha criticado la presuntuosa racionalidad de las utopías políticas.

Píndaro cantando las hazañas de los héroes griegos nos lega la máxima “llega a ser lo que eres”. En la mitología griega conocerse a sí mismo es competir, vencer; saber quién es uno, demostrarlo y que todos los demás lo reconozcan. El problema de los valores no se solventa en la mitología griega y parece que los valores empiezan a valer cuando alguien los valora. Podemos afirmar que no hay entidad sin identidad. Hay una identidad lógica, formal u objetiva, pero también existe una identidad intersubjetiva, psicológica y sociológica. Me centro en la visión del “yo” que es objetivamente lo que en cada momento sociocultural los saberes legitimados dicen que es. Kant de un modo evidente reivindica la “buena voluntad” y centra todo el debate ético en la persona : ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?. Lo absolutamente bueno es la buena voluntad, así el ser humano es un fin en sí, y ser libre quiere decir tener como fin máximo realizarse a sí mismo según el modelo de lo bueno. La garantía de la dignidad personal es la buena voluntad y la libertad correspondiente. Lo que hace valiosa a la persona no es que sea buena, sino el que lo pueda serlo: lo que le hace tan valiosa es que sea libre. Lo que nos hace valiosos es que podemos ser buenos o geniales como cónyuge, como psicólogos, como vecinos. Es entendible que los enfermos mentales o los delincuentes tengan garantías legales: pueden llegar a ser buenos.

Ciertamente no sólo en Kant encontramos la acentuación de la dignidad humana, en el pensamiento agustiniano el valor y la dignidad del hombre tiene un sentido sagrado y religioso. Es la idea del límite en donde podemos encontrar un timón para navegar con libertad en un mundo extraño, repleto de contradicciones. La sabiduría no es objetividad, es aceptación de los propios límites.