La mayoría de nuestra vida la dedicamos a cumplir con las expectativas que consideramos imprescindibles para sobrevivir en la sociedad que nos ha tocado. Más allá de la necesidad de cumplir con el mandato biológico de nuestra propia supervivencia, tenemos la capacidad de relacionarnos con nuestro centro (que podríamos denominarlo alma, espíritu, esencia o La propuesta es pensar en la posibilidad de una consciencia que incluya tanto “ser consciente” (darse cuenta) como “tener consciencia” (hacerse cargo).
Parece que el tributo del éxito social y económico es vivir ajenos a nuestra textura interna, a “tener consciencia” (hacerse cargo) únicamente del papel que tenemos que representar para que nuestras organizaciones adquieran una inercia que vaya más allá de los designios de las personas que las componen. Las organizaciones desalmadas desaniman a sus miembros, transfigurándose en apisonadoras despiadadas de los sueños de sus moradores.
La DpC(la dirección por consciencia) pretende facilitar la sinergia entre la triple cuenta de resultados: económicos, ético-sociales y emocionales. Su objetivo es hacer realidad la esperanza colectiva de que “otro mundo sea posible” a partir de que “otra empresa sea posible”.
Más allá de la evolución de un capitalismo “salvaje” a un capitalismo “sostenible”, la DpC propone el oxímoron de capitalismo “sensible”. Un capitalismo “sensible” que pretende combatir dos formas muy recurrentes de insensibilidad: no darnos cuenta de lo que nos rodea y darnos cuenta sin hacer nada al respecto. El diálogo es el primer escalón para “ser conscientes”, para despertar y expandir una nueva “perspectiva”.
Una “perspectiva” que va más allá de la Responsabilidad Social de de la Empresa (RSE), situando a la persona como un fin en sí mismo, más allá de contemplar a los seres humanos y a la naturaleza como un mero recurso a optimizar o maximizar. La propuesta de DpC no es un decálogo de de instrucciones, es la posibilidad de plantearse un “nuevo mapa”.
Nuestro cerebro sólo es capaz de ver aquello que considera posible y, por consiguiente, no distinguimos entre la realidad exterior y la realidad interior. Entrecomillar “lo evidente” es el primer paso para entender que los límites de los imposibles son franqueables. El esfuerzo de reflexionar nos conduce a plantearnos unos “nuevos mapas” que nos permitan entendernos como protagonistas de nuestra propia existencia. El primer requisito es una exhaustiva crítica de los resortes que sustentan nuestros “viejos mapas”, para tener la capacidad de plantearnos la gran cuestión que dota de significación a la vida humana; ¿qué queremos ser?
La DpC propone una nueva sensibilidad, una “mirada” que nos permita volver a plantearnos nuestra textura más intima (alma, espíritu, esencia o consciencia). Trazar los perfiles de nuestra consciencia es una tarea en la que todos tenemos que participar. A modo de propuesta la DpC propone tres niveles es consciencia, cuya integración considera determinante para la dirección de la empresas en nuestra época.
a.- Consciencia de supervivencia. La categoría más básica de consciencia humana está en relación a nuestras necesidades fisiológicas y de seguridad física. Las personas con este tipo de consciencia se definen por la insaciabilidad, por su incapacidad de escuchar a los que disienten, por una exacerbada necesidad de controlarlo todo, por la desconfianza sistemática de sus semejantes, suelen estar en guardia permanentemente y, lo más triste, experimentan frecuentes sentimientos de vacío y soledad.
b.- Consciencia de relación. Nuestra sociabilidad intrínseca nos conduce a crear vinculaciones significativas entre nosotros. La consciencia de relación se expresa en los valores ético-sociales: honestidad, generosidad, respeto o cooperación. El peligro de este tipo de consciencia es que se cimienten en miedos profundos, que intentemos buscar constantemente señales de afecto y reconocimiento. La propuesta kantiana de la “insociable sociabilidad” señala el polo de la necesidad de aunar nuestra supervivencia individual y la pertenencia en una determinada comunidad.
c.- La transformación personal o autorrealización. Maslow ha definido la autorrealización como “un estado evolutivo en que la persona llega a ser más ego-trascendente y más independiente de las necesidades inferiores”. Su conducta deja de ser defensiva y se erige en el portador de un “sentido de existencia”. Algunos indicadores psicológicos son la claridad y percepción eficiente de la realidad, la espontaneidad, la expresividad, la creatividad, el talante democrático, la apertura a nuevas ideas y, ante todo, la capacidad de confiar. La confianza es imprescindible para disolver los miedos que nos agazapan.
La autorrealización presupone que la felicidad no estriba en aferrarse a un hedonismo chato (búsqueda exclusiva de un placer sorpresivo y fugaz), ni en una serenidad (materializado con el desapego budista) ajena a los acontecimientos, si no el compromiso con una causa exterior que nos trasciende. Lamentablemente la introspección que nos permite plantearnos nuestro sentido de la existencia proviene de situaciones límites (un acontecimiento vital desgarrador, una experiencia laboral inusitada o cualquier hecho que nos haga replantearnos los fines últimos de nuestra vida). Así, el estado de conciencia de autorrealización nos permite contribuir significativamente desde nuestra textura interna a un proyecto que nos permita “tener consciencia” (hacerse cargo) de lo queremos llegar a ser.