Nos planteamos el análisis del liderazgo carismático de Weber como un modo de generar una “conciencia colectiva” capaz de producir cambios institucionales. Con los “tipos ideales” de autoridad carismática y autoridad legal proponemos la hipótesis que un liderazgo carismático, en base a una “ética de las convicciones”, puede subvertir el orden establecido Sin obviar la importancia de los rasgos personales del líder carismático nos centramos en tres aspectos fundamentales de carácter psicosocial: la explicitación de unos valores que aglutinen a los individuos en una “conciencia colectiva”, la necesidad de una “conciencia de crisis” y la constatación que el carisma acaba arrutinándose con el proceso de despersonalización que se produce con la preeminencia de la autoridad legal. El peligro del liderazgo carismático estriba en adueñarse de un “sentimiento de crisis permanente”. Una vez que el liderazgo carismático ha conseguido permear de dignidad nuestra “conciencia colectiva” adormecida debería dar paso a un liderazgo democrático.

La sociología política de Max Weber

Desde la sociología política de Max Weber podemos definir el poder como la posibilidad de imponer la voluntad de una persona sobre el comportamiento de las otras. Por otro lado, la dominación designa la relación de poder en la que la persona que impone su voluntad a otras cree que tiene derecho al ejercicio del poder, y el gobernado considera su deber es obedecer las órdenes de aquél. La dominación, cuando se ejerce sobre un extenso número de personas, exige una organización administrativa que ejecute las órdenes y sirva de puente entre los gobernantes y gobernados. Así, Weber plantea una tipología de la dominación en base de las creencias sobre la legitimación y la organización administrativa.

a) Carismática. Legitimación = “dotado de gracia”

Organización administrativa = inestable

b) Tradicional. Legitimación = “eterno ayer” (órdenes personales y arbitrarias dentro de los límites marcados por la costumbre)

Organización administrativa = puede tomar dos formas: 1.- patrimonial, donde los funcionarios son parientes criados, servidores personales. 2.-feudal donde los funcionarios están vinculados al señor en virtud de un juramente de fidelidad.

c) Legal. Legitimación = “leyes establecidas por un procedimiento correcto, aceptado tanto por gobernantes como por gobernados.

Organización administrativa = Burocracia que presupone la separación estricta entre renta privada y oficial.

Podemos definir la realidad política actual desde diversas dimensiones, pero en este artículo proponemos la tesis que lo que define a la política actual es la preeminencia de un proceso de racionalización sistemático, específico de la dominación legal, que burocratiza gradualmente todas las instituciones sociales. En la mayoría de los ámbitos institucionales se reclaman reglas racionales para alcanzar la máxima eficiencia o el máximo rendimiento. Este exitoso proceso comporta olvidarse de las personas, ya que en nombre de la eficacia y la justicia se instauran unos procesos impersonales, a la vez que necesariamente se mutila la capacidad de guiar nuestra existencia en base a una determinada elección de valores.

La neutralidad axiológica es el peaje más caro con el que tenemos que contribuir para asegurarnos la eficacia en el ejercicio del poder. Si definimos diáfanamente la política como la “ciencia del orden” nos referimos a su capacidad específica de gestionar el espacio público, pero nos olvidamos de la posibilidad de producir cambios en base a un proyecto que se funda en valores.

Nos interesa centrarnos en la política como una actividad que es capaz de llevar a cabo un proyecto que se aglutina en torno unos valores. Desde esta perspectiva vamos analizar el liderazgo carismático.

El liderazgo carismático

Los análisis del liderazgo carismático proceden del campo religioso. En el discurso teológico cristiano significa el “don de la gracia”, asemejándose en algunos sentidos a la idea griega de “hombre divino”, o al concepto romano de “facilitas”. Así, los primeros teóricos lo entendían como un liderazgo basado en el llamamiento trascendente de un ser divino en el que creían la persona llamada y sus secuaces. La mayoría de los teóricos apuntan a que el líder carismático es capaz de movilizar a sus seguidores en base a unas creencias que dotan de sentido tanto a su existencia personal como colectiva. La hipótesis es que los seres humanos nos sostenemos en base a unas creencias que nos permiten asignarnos una determinada identidad. El carácter mesiánico del líder carismático estriba en su poder salvador; en su capacidad de ofrecer un sentido determinado a la existencia de sus seguidores. Es el portador de una “nueva visión” que viene a resarcirnos de nuestras penurias.

La clave de la reacción carismática de los secuaces al líder estriba en la desgracia que éstos experimentan. La “conciencia de crisis” es necesaria para el surgimiento del liderazgo carismático. Nos podemos plantear la tesis que mientras que el orden en la dominación legal se cimienta en el miedo al castigo que sienten los dominados cuando incumplen sus regulaciones, la autoridad carismática se asienta en su capacidad generativa de un proyecto liberador. Se puede argüir que en la dominación legal se cumplen sus preceptos en base al convencimiento que es un sistema adecuado para una convivencia pacífica, pero la misma organización administrativa, la burocracia, exige en nombre de su eficacia olvidarse de las convicciones personales. Siguiendo el marco de la teoría weberina, el liderazgo carismático se opone a la burocracia, al tipo de dominación legal. El sociólogo alemán avista la paradoja de la burocracia

La paradoja de la burocracia

La burocratización y racionalización crecientes acarrean una paradoja básica: la máxima eficacia que resulta de la creciente burocratización del mundo moderno constituye la mayor amenaza para la libertad individual y las instituciones democráticas de las sociedades occidentales. Así, el desafío puede ser la lucha contra toda estructura que, reclamando entidad metafísica o validez general, asfixie las demandas concretas de los individuos. Debemos luchar como Simmel nos advirtió contra la cosificación. Olvidarnos que el hombre es un ser que siente y que el componente no racional del comportamiento humano (emociones, creencias, valores basados en decisiones éticas) es imprescindible. En este sentido Vilfredo Pareto afirma que el elemento no racional del comportamiento humano supera al racional. En su opinión hay ciertos “sentimientos” relativamente invariables en la vida humana, a cuya expresión denomina “residuos”, que constituyen los determinantes de la acción.

Una burocracia muy desarrollada constituye una de las organizaciones sociales más difíciles de destruir, bien sea desde dentro (por los propios funcionarios) o desde fuera (por los dominados). En toda organización hay un claro proceso de disciplina que atenúa, engulléndolos o depurándolos, a los que atentan contra su orden inercial.

Más allá de los valores que inspiraron la instauración de una burocracia plenipotenciaria, se legitima por su irresistible capacidad de gestión, por su capacidad de obtener resultados cuantificables. Todo gestor exitoso se justifica con base a una “ética del éxito”.

Weber pensaba que el gran problema de la dominación burocrática es que tiende a superar su mera función instrumental, adjudicándose decisiones estratégicas. Proponemos centrarnos en la necesidad de una “ética de convicciones” en el liderazgo carismático.

Ética del éxito o ética de las convicciones en el liderazgo carismático.

Más allá del sarampión de las posmodernidad, pensamos que no tendría sentido plantearse que los valores, que dan sentido a nuestra existencia, derivasen exclusivamente de la cultura existente o de una antigua tradición, ni de unos sistemas éticos formales, que resultan vacíos y carentes de vida. Asumiendo un tipo de ser humano, que con sus contradicciones, es libre para escoger sus propios valores proponemos un “decisionismo ético”. El centro de nuestra propuesta ética es la dignidad de todo ser humano, que presupone tanto la autenticidad como valor intrasubejtivo y la aceptación como valor intersubjetivo. La dignidad no es ni más ni menos que la capacidad de elegir nuestro propio destino.

El líder carismático, más allá de cualquier consideración moral, es capaz de ofrecer valores que dotan de dignidad a la existencia del colectivo que lidera. Genera una “conciencia colectiva” que si se asienta en una “ética de las convicciones” la acción política se regenera. La distinción entre una “ética del éxito”, que presupone que las acciones se justifican en base a sus resultados, y una ética de la convicciones, que se atiene a un comportamiento en base a unas creencias sobre cómo deberían ser digna una vida humana, nos puede ayudar a dilucidar un liderazgo carismático generador de cambios sociales.

Nos podemos plantear la hipótesis que el líder carismático cimienta su poder de seducción en una “ética del éxito”, es decir, en la posibilidad de dominar a las masas a su antojo. El análisis teórico que proponemos se funda en la posibilidad de entender el líder carismático como el portador de una nueva ideología, que a su vez es capaz, en virtud de sus cualidades personales, de aglutinar en una conciencia colectiva a innumerables individuos, que en su cotidianidad se ignoraban.

El poder carismático puede subvertir el orden establecido porque representa las fuerzas sociales espontáneas y creadoras. El problema surge cuando el carisma acaba arrutinándose al llegar a ser una parte sustancial del poder establecido. Históricamente, comprobamos que la dialéctica entre carisma y rutina se decanta por la preponderancia de la racionalidad formal que acaba asfixiando a los gobiernos carismáticos. Así, nuestra hipótesis es que el liderazgo carismático es crucial en las elecciones y acaba arrutinándose con el ejercicio del poder. Por otra parte, el liderazgo carismático surge en los momentos de crisis con la misión de cambiar un sistema decadente, erigiéndose como el abanderado de una nueva promesa de bienestar y felicidad.

En el tipo de dominación carismática el centro de tensión e inestabilidad se encuentra en el proceso de despersonalización del carisma. Su caducidad se explica por su mismo poder revolucionario, pseudorevolucionario o sedicioso. El líder carismático en nombre de la pasión por su proyecto exige la fidelidad de sus secuaces y, por consiguiente, puede inspirar tanto odio como amor. Un análisis descriptivo supone comprender que un determinado tipo de dominación carismática, basada en una “ética de las convicciones”, es un antídoto eficaz de la indiferencia política, en cuanto es capaz de generar una “conciencia colectiva” que es capaz de despertar a los somnolientos ciudadanos de occidente.

En las últimas elecciones estadounidenses Barack Obama ha sido definido como un líder carismático. Así, la mayoría de los medios de comunicación social se han centrado en su personalidad para dilucidar su liderazgo carismático. Han señalado su capacidad de generar confianza a sus seguidores, de su credibilidad, de su empatía, jovialidad, sociabilidad o de su inteligencia social. Desde la psicología política no sólo tenemos que plantearnos las características psicológicas de los líderes carismáticos, sino también las condiciones sociales, políticas, culturales y psicológicas de un colectivo que permiten aupar a un determinado líder carismático. Teorizamos de la mano de Weber en cuanto es el teórico más suspicaz a la hora de proponer un marco teórico que nos permite aunar la desusada “psicología de los pueblos” con la “psicología individual del portador del carisma”. Así, nos lega la necesidad de una “ética de convicciones” para generar auténticos cambios sociales y políticos. La “ética de convicciones” permite una comunión inaudita del líder con sus devotos, en cuanto se genera una nueva “conciencia colectiva”. Señala la necesidad de un “sentimiento de crisis” que sólo puede erradicarse con el advenimiento de un nuevo mesías. Finalmente, enfatiza que el carisma acaba arrutinándose con el ejercicio del poder. El líder carismático en cuanto crea una nueva “conciencia colectiva”, cimentada en unos determinados valores, es capaz de producir cambios en las instituciones. Una vez consolidados los cambios institucionales, la maquinaria burocrática, en base a su propia eficacia, se encargará de despersonalizar la autoridad carismática.

El peligro del liderazgo carismático estriba en perpetuarse en el poder institucional una vez ha generado la “conciencia colectiva” necesaria para una verdadera dirección política y se asienta en un “sentimiento de crisis permanente”. El liderazgo carismático, basado en una “ética de convicciones”, tiene que dar paso a un liderazgo democrático cuando los valores que le impelían han permeado en las instituciones políticas y administrativas. Inevitablemente la legitimidad del liderazgo carismático descansa en su capacidad de desaparecer cuando los cambios han generado una nueva “conciencia colectiva” y, por consiguiente, el verdadero peligro es entender exclusivamente el liderazgo carismático en base a una “ética del éxito”.