Suena muy bonito eso de que todos deberíamos de ser iguales, con una repartición equitativa de los bienes con que cuentan las naciones, que la educación sea igual para todos, que la pobreza se elimine y que, sobre todo, nadie explote a nadie.

Por: Adán J. Loredo

Sin embargo la realidad necesariamente tiene que ser otra. La única igualdad a la que todos podemos aspirar, y por la cual debemos de luchar, es ante la ley. Partiendo de ahí se pueden lograr grandes cosas y, lo más importante, aclarar históricas confusiones.

Pero en el aspecto económico no puede haber igualdad porque sencillamente los seres humanos no somos iguales. Existen hombres que gracias a una enorme suma de esfuerzos y a un valor extraordinario, logran acumular experiencia y conocimientos que los ponen por encima del resto de la población. Y también existen otros que son la pereza y el despropósito personificados.

No puede ser igual el hombre que se levanta a las diez de la mañana que el que lo hace cinco horas atrás. Tampoco quien estudia la mayor parte de la noche puede ser comparado con el que se la pasa dormido o se va de fiesta. Aquel que en su tiempo libre toma cursos de diversas materias, haciendo sacrificios económicos, no lo podemos comparar con quien usa su tiempo libre para pasarse el día acostado en la sala viendo televisión.

Hay quien nace con la idea de ser exitoso en la vida, y quien no tiene ambiciones más que la de un empleo fijo que le ayude a irla pasando. Hay también quien ambiciona pero no arriesga, y quien se juega el todo por el todo en una partida. Con una diferencia tan radical en los hombres es imposible evitar la existencia de reyes y peones. Los males que de ello se derivan, se deben en gran medida a la corrupción. Muchas personas son explotadas porque las leyes que les garantizan sus derechos de trabajador no son aplicadas o ni siquiera existen.

Pero se ha generado una cultura en la que toda persona, honesta o no, de clase media y sobre todo baja, tiene que odiar con todas sus fuerzas al rico que se hospeda en los mejores hoteles y va a vacacionar en cualquier parte del mundo. Al que ha usado toda su vida la fuerza pero jamás la inteligencia, le da por tacharlo de “heredero que nunca en su vida ha trabajado”. Pero, sin duda, dejarles un sustento a los hijos es el sueño de casi todo hombre.

Puede ser el beneficiado por una herencia una persona miserable, ruin, perezosa, o todo lo contrario, pero eso de nada importa porque el que le dejo la herencia sin duda trabajo, para él y para sus hijos, y tiene todo el derecho de dejarla a quien le plazca.

El niño que va a un costoso colegio bien puede verse como el reflejo de un padre que no conoció el descanso, que luchó toda su juventud por prepararse, por superarse y gracias a eso  pudo hacerse de un buen capital. Y, por el contrario, el niño que va con hambre por ahí bien puede decir que su padre no trabaja porque no le gusta y el poco capital que consigue lo usa para emborracharse.

Aunque para la mayoría de las personas la situación tiene que ser siempre diferente: el que posee algo  es porque explota y el pobre es por fuerza explotado. Lo cierto es que muchas personas trabajan donde les conviene, y también que muchas leyes en beneficio del obrero son la ruina de cualquier empresario honesto. Y no podemos olvidar que gracias a los emprendedores, millones de seres humanos no se mueren de hambre. El que no tiene miedo de arriesgar, el que no se enamoro de la pereza, provee de trabajo a millones de personas típicas, adictas a los vicios, a los prejuicios y la ignorancia.

Si las leyes funcionaran y se dejara trabajar al emprendedor y al resignado en lo que mejor les convenga, las cosas en el mundo podrían estar medianamente bien. Porque del todo bien jamás lo estarán, la receta de Stalin para remediar los males se cargo la vida de no pocos millones de personas. Sus seguidores, que aún existen por todas partes, no comprenden que el mundo es imperfecto porque funciona a imagen y semejanza del hombre. La mayoría de las personas hacen el mal que está en sus manos hacer. Si el pobre o indefenso tuviera con que sobornar a la autoridad, con que destruir a todo el que no le caiga bien, ¿quién nos asegura que no lo haría?

Las diferencias sociales llevan milenios existiendo, y desde luego han causado dolor y sufrimiento en cada uno de ellos. Hoy podemos alegrarnos de que las cosas están un poco diferentes de cómo estaban hace no mucho tiempo: la democracia y unas cuantas leyes sabías han hecho bastantes cosas buenas por la humanidad. Y todavía el sistema es mejorable en la medida que se fomente la cultura y se luche contra la corrupción, pero llegar al límite de atar de manos a todo aquel que sueña con triunfar en la vida, seria, sencillamente, un crimen contra la razón, la inteligencia y, sobre todo, contra la humanidad.

Adán J. Loredo