La ética trata de dirimir si una acción es buena o mala.Por una parte podemos plantearnos una ética descriptiva, que describe los criterios de los hombres o de una sociedad. Por otra parte, la metaética se ocuparía de las bases y las estructuras de los juicios morales. Por una parte podemos plantearnos una ética descriptiva, que describe los criterios de los hombres o de una sociedad. Por otra parte, la metaética se ocuparía de las bases y las estructuras de los juicios morales. Por último, una ética normativa se preguntaría por la posibilidad de fundamentar los criterios de valoración de la acción.

Por último, una ética normativa se preguntaría por la posibilidad de fundamentar los criterios de valoración de la acción.

Kant se planteó tres preguntas fundamentales: ¿qué puedo hacer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar?.  La ética no puede disociarse del momento histórico en que se gesta y de los procesos sociales que la determinan. La realidad social plantea constantemente nuevas cuestiones que nos obligan a volver a pensar sobre la vigencia de nuestras normas éticas. La mayoría de las éticas, principalmente antes de la década de los ochenta, ha tenido pretensiones universalistas. Un mundo en constante interrelación nos obliga plantearnos: ¿es factible defender un criterio ético universal con las diferencias existentes entre religiones, culturas o tradiciones morales?

Todas las éticas materiales se han gestado en un ámbito territorial determinado para responder a los retos que se le planteaban. Una ética formal, como la kantiana, que propone unas reglas formales para las conductas éticas (“actúa de tal forma que tu conducta pueda ser universalizable” o “mi libertad acaba donde empieza la de los demás”) comporta graves dificultades para traducirse en una ética normativa.

Hay tres formas de argumentación cuando nos planteamos la pregunta sobre si es posible fundamentar normas universalmente válidas globalmente. La primera sería la relativista, que afirma que no hay normas universalizables a escala global. La segunda, la comunitarista, que aunque acepta la diversidad –condicionada culturalmente- reconoce una moral mínima más allá de las diferentes culturas. Por último, la universalista que defiende la existencia de unos criterios éticos universalmente válidos.

La postura relativista implica renunciar a una ética normativa universal, aunque se afana por circunscribir las normas éticas al contexto social en el que emergen. Fue Herder (1744-1803) quien señaló que la historia y el desarrollo de cada cultura son siempre algo único. La fisura de esta concepción proviene de la constatación que los hombres de distintas culturas podemos comunicarnos. A pesar que la comprensión de otras culturas siempre es limitada, un acercamiento mutuo entre ellas es una realidad constatable en la realidad actual. De hecho, nos hemos dotado de instituciones globales (protección del medio ambiente, en el ámbito de la salud, del comercio mundial…) que se sostienen en unos valores éticos normativos compartidos. Por otra parte, los relativistas tendrían dificultades para condenar modelos de comportamiento propios de otros contextos culturales.

La postura comunitarista, en base a su prudencia, acepta la diversidad y busca unos criterios tenues o débiles –que permitan los hechos diferenciales- de una ética normativa universal. Su intuición fundamental es que el hombre no puede concebirse como un individuos aislado. Frente al relativismo cultural sostienen que existe una moral global: una especie de común denominador de las comunidades que participan en un proceso constante de comunicación mutuo. Superando el aislamiento ingenuo de los relativistas, su fisura es que no dejan claro qué ha de incluirse en esta moral universal, cómo se forma o cómo puede fundamentarse.

La universalista se ha bifurcado en la utilitarista y la liberal. La utilitarista, con base a la fórmula de Bentham, propone que el fin éticamente justificado es el logro de “la mayor felicidad para el mayor número”. Una ética normativa la tenemos que valorar siempre desde el punto de vista de su utilidad. La utilidad es un criterio formal que abre la perspectiva universal. Esta visión es la mejor aliada de la lógica económica, pero le resulta difícil en el planto global explicar qué debe entenderse por utilidad. La mayoría hace un uso de un concepto de utilidad basado en el consumo, por lo que en última instancia entiende la utilidad en términos monetarios. La herida más sangrante para los utilitaristas es que no prestan atención a las cuestiones de distribución en el seno de una sociedad o en de la comunidad mundial. La liberal afirma que existen unos criterios de acción universales partiendo del individuo concreto. Tiene ventajas porque se abstrae de realizar juicios de valor (lo que cada uno haga con su vida privada no se puede enjuiciar éticamente). Aceptan el pluralismo, pero se asientan en una concepción fundamentalmente occidental que prioriza al individuo y un cierto concepto unitario de la razón.

Podemos plantearnos criterios éticos globalizados tanto de una posición comunitarista como de una posición universalista. Si somos cautelosos con la posición utilitarista por su excesivo anclaje en la lógica capitalista nos queda la posición comunitarista y la liberal. Así, es plausible plantearse que el nervio que alimenta esta reflexión es aunar la idiosincrasia (de cada sujeto –en donde se asientan más los liberales- o pueblo –donde se asientan más los comunitaristas-) con la posibilidad de construir unas normas éticas universales que nos permita identificarnos como seres humanos y establecer transacciones comunicativas en base a unos valores compartidos.