Napoleón Bonaparte, un Genio Que También Tuvo Suerte

Salió del lugar menos inesperado y pudo hacer lo que ningún otro hizo antes o después de él. Sin embargo, no todo se lo debió a su gran inteligencia, muchas cosas, algunas a pesar suyo, tuvieron que pasar para que Napoleón viera la oportunidad de realizar sus muy enormes sueños de grandeza.

En el año de 1768 Francia absorbió, aplicando la ley de que el fuerte devora al débil, a la pequeña isla de Córcega. Los corsos se defendieron pero con poca fortuna. Un pequeño país con unos cuantos miles de habitantes no podía ni soñar que lograría medirse con Francia. Entre los patriotas corsos había un joven matrimonio integrado por Carlo Bounaparte y Letizia Ramolino.
Pertenecían a la pequeña aristocracia local, él era ambicioso con muchos sueños en su cabeza, ella una mujer de temperamento y voluntad de hierro. Pronto vino la derrota de los corsos y con ella el segundo hijo del matrimonio. Lo llamaron Napoleone y, curiosamente, querían que siguiera la carrera de militar. Muy pocos padres han acertado tan bien cuando se atreven a elegir la carrera de sus hijos.

El padre, Carlo, pronto comprendió que seguir con su orgullo no le ayudaría en lo mas mínimo para cumplir con sus ambiciones. Su nobleza corsa dentro de la aristocracia francesa de nada le serviría, por ello opto por afrancesarse, y lo hizo bien. Consiguió una beca para que su hijo estudiara en la prestigiosa escuela militar de Paris. Al padre, que nació corso, le fue sencillo hacerse francés, pero al hijo, que nació francés, tardo muchos años para dejar de ser corso.

En su juventud, el futuro emperador no comprendió que algo fundamental para conseguir sus metas era el hecho de haber nacido como ciudadano francés. Sin embargo, él no se sentía bien porque en Francia era visto como un extranjero, era un muchacho de noble familia de una pequeñísima isla que estudiaba junto a jóvenes nobles de las más importantes familias francesas.

Y ciertamente tenía razón en sentirse desdichado. Como estaban las cosas en Francia, con un rey dueño de todo y de todos que solo le debía explicaciones a Dios, Napoleón hubiera tenido que armarse de paciencia para escalar peldaños en la carrera militar, y de mucha más paciencia para que le dejaran dirigir ejércitos en una guerra.

Pero repentinamente todo cambio. El pueblo, forzado por el hambre, se levanto en armas verdaderamente enfurecido. El rey Luis XVI, que no estaba a la altura de las circunstancias, se limito a prestar su cuello a la guillotina. Junto con él cayeron su esposa y todos los aristócratas que no huyeron a tiempo. En Francia andaba suelta una fiera adicta a matar, ya no solo a los nobles sino a todo el que se atravesara en su camino. El país se trasformo en republica donde todos eran iguales: aristócratas y plebeyos iban a la guillotina que no discriminaba a nadie.

El artífice de todo era un fanático llamado Maximiliano Robespierre, al que pocos lo parecían unos cuantos miles de muertos con tal de lograr la tan soñada igualdad. Un Lenin nacido un siglo atrás. Pero Robespierre pensaba que la fiera tenía riendas, que obedecía y que él era el que tiraba de ellas. Estaba equivocado, y para que le quedara claro también lo pasaron por la guillotina.

Después de tanta sangre y destrucción, la fiera se canso y se quedo dormida, pero las cosas estaban demasiado lejos de mejorar. Los reyes vecinos, temerosos de de que la Revolución se extendiera, y mas temerosos de correr la suerte del rey francés, le habían declarado la guerra a la Francia republicana. La cosa no se veía fácil en el país galo, ya que para hacerle frente a una guerra tan complicada hacían falta militares de carrera, pero estos habían sido guillotinados porque para ser, en ese entonces, un militar de alto rango, era necesario ser aristócrata. Solo quedaba echar mano de los jóvenes militares con mayor talento.

Fue entonces cuando apareció la gran oportunidad que esperaba Napoleón. Su primera prueba fue en el puerto de Tolón, donde los contrarrevolucionarios habían permitido un desembargo de ingleses. El joven militar recupero de forma brillante el puerto y obtuvo el rango de general de brigada. Nada mal para un hombre de veinticuatro años. Y por fin dejo de ser corso, Napoleone Bounaparte paso a ser, como se le conoce hoy, Napoleón Bonaparte.

Tenía una razón muy poderosa para cambiar de nacionalidad: en su patria chica difícilmente habría conseguido un ejército de 20.000 hombres armando a niños y ancianos, en cambio en Francia podría hacerse de un millón de soldados, los suficientes para dominar Europa.

De Tolón en adelante seria imparable como militar. Su siguiente logro fue contener un amotinamiento que amenazaba con derribar el gobierno revolucionario. Masacro a sus adversarios y obtuvo otro ascenso. Poco después se casó con una viuda mayor que él, con dos hijos y una pésima reputación: Josefina de Beauharnais, su gran amor, su amuleto y su dolor de cabeza durante varios años. Recién casado se fue a Italia, porque Francia seguía en guerra con media Europa, y fue ahí donde mando por primera vez un ejercito y donde dejo bien claro todas las veces que pudo que era un genio para la guerra. Atacaba a sus enemigos por todas partes y a todas horas si el clima lo permitía o no.

Cuando sus adversarios se limitados a las maniobras tradicionales, Napoleón los sorprendía de la forma más inesperada. Para ellos era como si un jugador de ajedrez repentinamente viera que su adversario mueve la torre como si fuera un alfil. A la par de su habilidad en la guerra, mostraba también sus ambiciones. Ya no era un extranjero y en Francia ya no se guillotinaba a cualquier persona por cualquier cosa. El directorio que gobernaba sabía que Napoleón era una espada de dos filos, pero de momento para salvar al país les serviría y bien.

Después de la campaña de Italia se hizo famoso en toda Europa. Él mismo ya sabía la grandeza que alcanzaría en poco tiempo. Se fue a Egipto a hacer una guerra muy a su estilo, es decir, injustificada, y cuando regreso a Francia fue únicamente para apoderarse del país, primero dio un golpe de Estado y se hizo cónsul, poco después, en 1804, emperador. Para desgracia de los reinos vecinos, su sed de guerra era insaciable, lo quería todo para él y la forma de conseguirlo era mediante las armas. En los reinos conquistados colocaba a un hermano suyo a la cabeza, que tenia necesariamente que rendirle cuentas ya que él era el emperador. Como su amada Josefina no pudo darle un hijo, tan necesario para heredarle su imperio, le cobro todas las infidelidades del pasado y se divorcio de ella. Obligo al emperador de Austria, un aristócrata de la milenaria familia Habsburgo, a que le diera a su hija María Luisa en matrimonio.

De esa manera su hijo, a diferencia de él, llevaría en sus venas sangre real. Justo cuando nació su hijo, cuando parecía que su dinastía se perpetuaría, comenzó su caída. Había invadido España y sustituido al rey, pero los españoles no se daban por vencidos, tampoco el zar de Rusia y mucho menos la poderosa Inglaterra, país al que se quedo con las ganas de invadir, por la sencilla razón de que había mar de por medio.

Algo que Napoleón no tomo en cuenta, fue que los soldados requieren muchos años desde que nacen hasta que pueden pelear. Las guerras mermaban su ejército y cuando invadió Rusia dejo a sus mejores soldados bajo la nieve. Pronto sufrió su primera gran derrota. Su suegro le quito a su esposa y a su hijo, él fue encerrado en la isla de Elba y un rey Borbón regreso a gobernar en Francia. Parecía que estaba acabado, pero aún le quedaban fuerzas para la última batalla. Escapo de su prisión y regreso a Francia. No fue necesario derrotar al rey Borbón, su sola presencia lo hizo salir huyendo. Pero tenía demasiados enemigos y ya no era tan poderoso. Poco duro su nuevo gobierno, únicamente cien días. Quisiera o no, estaba obligado a ir a la guerra a jugárselo todo. Junto todos los soldados que pudo, pero no fueron suficientes.

Una mancuerna entre alemanes e ingleses lo derroto en Waterloo, en junio de 1815. Esta vez lo encerraron en una isla mucho más lejos de Francia, Santa Helena. No era viejo, apenas y tenía cuarenta y cinco años, la Revolución había acelerado todas sus hazañas. Vivió en su prisión durante seis años hasta que murió el 5 de mayo de 1821, al parece de cáncer.

Dejó dos hijos, el legítimo y el bastardo. El primero no llego lejos, el miedo a su padre hizo que lo tuvieran prisionero en Austria hasta que murió de tuberculosis a los veintiún años. El segundo, idéntico físicamente a su padre pero sin apellido, tuvo que subordinarse a otro emperador Bonaparte, al parecer también bastardo pero con apellido, y de pasada compartir a su esposa con él. Era obvio que ni hermanos ni sobrinos, ni hijos legítimos o bastardos, tendrían la inteligencia y las oportunidades que Napoleón tuvo para hacerse en su momento el hombre más poderoso del mundo. Millones de personas murieron para que cumpliera con sus ambiciones, pero el luto quedo en el olvido y solo quedan, y perduraran por siglos, las hazañas del genio militar.

Adán J. Loredo