Un día abrí un cajón que hacía al menos seis o siete años que no abría. Y cual fue mi sorpresa mayúscula al encontrarme un mundo sinfín de recuerdos, agradables, tristes, reminiscencias de épocas pasadas, no por ello mejores ni peores.

Por: Jorge D.

Cartas, detalles de boda, fotos antiguas, miniaturas de soldados de la antigüedad...Partituras de alguna cosa que intentaba ser una canción, cuerdas de guitarra rotas, y una infinidad de púas destrozadas por los años de uso y desuso.

Cada uno de aquellos objetos representaba un momento, un instante concreto de todo lo que habíamos vivido, una parte importante de una trayectoria vital plena y vigorosa, cada uno de esos momentos a su vez, había dejado una huella imborrable, pues en realidad las cosas no se olvidan, y al final, sólo al final del todo, los humanos somo capaces de darnos cuenta que lo sabemos y lo tenemos todo, y que en realidad siempre lo hemos sabido y tenido.

Billetes de avión, de tren, abonos de transporte de la época dorada del metro...y entre todas esas cosas, un pequeño detalle, un pequeño recuerdo, una tontería en realidad, bastante fea, que representaba un llavero con el nombre de dos de mis mejores amigos bordado, un recuerdo de su boda.

Ellos ya no están juntos, pero los pequeños detalles hacen que esa clase de cosas nunca se olviden, y que en cuanto vemos un pequeño destello que nos guía hacia el recuerdo, estos vuelven como si nunca jamás se hubieran marchado a ninguna parte. La vida es así de rara, supongo.

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