En el sanatorio, el bebé sigue siendo un extraño para los hermanitos que, con suerte y según su edad, logran entender que la persona que ven, era aquello que antes estaba en la panza de mamá. Ahora bien, el bebé en la propia casa deja de ser la revelación de un misterio y pasa a ser un nuevo integrante. Este proceso no se da por la simple aparición del bebé al volver del sanatorio, sino que debe ser construido poco a poco. Para ser integrante, el hermanito debe ser “integrado” por todos.

Es natural que los hermanos sientan celos, y no siempre debe entenderse cualquier conducta de rechazo como algo irracional. Además, la racionalidad no siempre funciona para producir el efecto buscado, por ejemplo, si se pretende que los mayores acepten al pequeño porque este será un compañero de juegos en el futuro o tendrán con quien compartir el cuarto. Por lo tanto, sabiendo que es esperable que no se sientan del todo a gusto en algunas ocasiones, más vale intentar construir la relación fraterna por medio del afecto.

Y qué mejor forma de hacerlo surgir que mostrando a los hijos mayores las carencias y debilidades del bebé, que como recién nacido es un ser necesitado, y que, por el contrario, los hermanos tienen algo para darle. Hacer surgir el deseo de cobijar al más débil no es algo que vaya a darse de inmediato ni tampoco hay que esperarlo en todas las ocasiones. Después de todo, el hermano “mayor” también es un niño y necesita que sus papás lo traten como tal, confirmándole la seguridad de su afecto incondicional.


Sin embargo, hay formas diferentes para enseñarles a los hermanos a ayudar al bebé y sentirse ellos más fuertes. Cuando llora el recién nacido, la mamá puede comentar “pobrecito, cuánto debe dolerle la pancita para que grite así”; si hay que cambiar otra vez el pañal interrumpiendo un juego con el mayor, puede decírsele: “necesito que me ayudes, a ver si juntos logramos poner bien la crema y que no se le ponga tan roja la colita”.

Tampoco conviene insistir en una continua actitud de socorro con el “pobrecito” bebé, ya que esto podría terminar enojando a los más grandes. Pasarle el jabón al bebé al momento del baño y ver cuánto le gusta, tirar de la cuerda del cunero para que se duerma, ponerle el chupete y comprobar cómo se tranquiliza son algunas de las maneras en que los hermanos pueden conocer mejor al bebé e integrarlo en una nueva dinámica familiar.


En estas situaciones, suele ser muy notable el resultado que se obtiene si la mamá o el papá acompañan las acciones de sus hijos con comentarios naturales, como “ves qué contenta se pone la bebé cuando la estás mirando”, “ves cómo te sonríe tu hermanito” o “se mueve de alegría porque te escuchó”. Los hermanos, de esa forma, se sienten tan importantes como el bebé que recién llegó a la casa no para quitarles un lugar, sino para ser parte de una familia.

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