Desde el punto de vista legal, en los países civilizados, todos, hombres y mujeres, tenemos los mismos derechos y por lo tanto la posibilidad de triunfar en la vida, pero en la realidad el éxito esta reservado para pocos.

Por: Adán J. Loredo

Lo principal en esta vida que debemos de entender, es que la felicidad es solo una y los aspirantes somos muchos.

Por desgracia o por fortuna, muy pocos se apropian de ella. El hecho de que las leyes, en teoría, sean iguales para todos sin discriminar a nadie por nada es una de los avances más extraordinarios a los que hemos llegado.

Ya se puede ser bastardo, ateo, hijo de divorciados, tener un apellido raro, ser negro o moreno sin necesidad de renunciar a los sueños propios de cada ser humano.

Y para probarlo hay una cantidad enorme de personajes que han logrado cumplir sus sueños, siendo que ellos mismos, en siglos pasados -y en décadas pasadas-, habrían estado impedidos para luchar por su felicidad.

Entonces, ¿hemos llegado a un punto de la historia en que cada ser humano puede ser feliz si lucha por ello? Efectivamente puede lograrlo, en teoría, en la realidad todavía existen muchos impedimentos. Un niño que nace como el número catorce de su familia en el pueblito más escondido no tiene las mismas oportunidades que el hijo único de una familia acomodada. Desde luego que no. Este último nació con una gran ventaja a su favor.

El niño pobre será educado raquíticamente. Tal vez ni se interesara por aprender un oficio, sino que se limitara a obedecer como peón en cualquier tarea con la finalidad de sacar para comer. No tendrá muchas ambiciones porque ni su padre, su abuelo, sus hermanos mayores las tuvieron. Todos en su entorno tienen el mismo modo de vida, por lo tanto solo tendrá que comportarse como los demás lo hagan.

En cambio el niño de familia acomodada tendrá una sólida educación. Desde su infancia se hablara de su formación universitaria como algo natural que tendrá que llegar algún día. ¿Ha perdido, de antemano, la batalla el otro? De ninguna manera, porque existe algo fundamental en la vida que derribaría en poco tiempo la ventaja del uno sobre el otro: el carácter.

Si el decimocuarto de su familia se encuentra repentinamente con una ambición poco común en su entorno, podría luchar por superarse. Y si la naturaleza lo ha dotado de una inteligencia adecuada, si es decidido, arriesgado, valiente y tiene olfato para las oportunidades, se convertirá en un oponente formidable para cualquiera.

El hijo único puede ser portador, para su desgracia, de características nada comunes en un triunfador. Puede terminar una licenciatura, de ahí irse a la maestría y después hacer el doctorado y sacar promedios formidables. Pero si al hecho de ser buen estudiante le falta algo tan fundamental como el carácter, el valor o la ambición, no pasara de obedecer toda su vida. Y claro, siempre está el lado negativo, que no sea, por encima de todo, tampoco buen estudiante, entonces la gran ventaja con la que nació se vera reducida a muy poco.

No a todas las personas les gusta competir, nazcan donde nazcan. No todos son capaces de ver las oportunidades, y algunos cuando las ven, no encuentran en ellos el valor necesario para pelear por apropiárselas. Hay quien se resigna después del primer fracaso, otros después del segundo y algunos no lo hacen nunca, claro que eso no garantiza el triunfo, por el contrario si puede garantizar una cantidad de fracasos igual a la de intentos.

Como conclusión tenemos que el éxito esta ahí esperando siempre a los mejores. Se puede tener amistades influyentes, se puede tener padres acaudalados, se puede tener una apariencia agradable a los demás y con todo ello ser poseedor de grandes ventajas sobre otros, pero éstas, si no se aprovechan, si no existe la capacidad para hacerlo, no duraran mucho. Ciertamente es común que triunfe el que tiene todas las puertas de antemano abiertas, pero también estas suelen abrirse ante aquel que no tenía posibilidades y se las creo él mismo.

Adán J. Loredo